LA HIPERTROFIA DEL CONTRATO

En cuanto al redactado del contrato en el que se acaban plasmando las negociaciones, he observado una tendencia a la “hipertrofia del clausulado”, en la que se pone en evidencia una profunda desconfianza entre las partes y la obsesión por prever todas las contingencias negativas, lo que llega a subordinar el valor del acuerdo en sí mismo.

Soy consciente de que somos los mismos abogados los responsables en mayor medida de esta manera de actuar. Durante años hemos ido acumulando experiencia en redactar cláusulas contractuales para casi cualquier eventualidad imaginable, y vamos utilizando este material en negociaciones posteriores que a su vez se amplían con nuevas aportaciones, de manera que se van acumulando cláusulas que quizás alargan innecesariamente la redacción de los documentos.

Como queremos prever tantas cosas, nuestros contratos están plagados de frases al estilo “en caso de…”, “en el supuesto de ….”, “si …. la parte se obliga a…”, pero en realidad no recogemos los deseos de los contratantes, sino que imaginarnos a la parte adversa actuando en el futuro como el más desleal de los seres e intentamos protegernos de todos los riesgos posibles. Fruto de la misma práctica, podemos también observar la sintaxis de los convenios preñada de conjunciones para recoger alternativas de hechos o conceptos prácticamente idénticos. Sirvan de ejemplo las siguientes frases que encontrarán en todo contrato: “la parte se hace responsable de daños y perjuicios”, “el arrendador consiente y autoriza”, “los gastos son de cuenta y cargo exclusivo”.

Con este sistema de trabajo, por un lado, intentamos en vano abarcar toda la realidad, lo que resulta imposible, pero sospecho que por otro lando pretendemos salvar nuestra propia responsabilidad como abogados, ya que lo último que deseamos oir es la queja de “esto no lo tuviste en cuenta”, por muy improbable que sea.

No olvidemos que buena parte de nuestra labor negociadora se desarrolla con relación a aspectos adjetivos; cuántas veces el cliente nos pide nuestro asesoramiento cuando los aspectos sustanciales del negocio -casi siempre el objeto, el precio y el plazo- ya se han determinado por las partes. A nosotros nos queda cerrar aspectos también importantes, como las garantías, las consecuencias del incumplimiento o las causas de resolución, pero los protagonistas del acuerdo ya han resuelto los aspectos más relevantes del mismo. Sin embargo, contemplamos cómo gracias a nuestra intervención el contrato se va alargando y alargando, repetimos frases, plasmamos obviedades, recogemos pactos que son la copia literal de normas de obligado cumplimiento, describimos supuestos casi imposibles, etc.

Otro aspecto curioso. Cuanto más importante es el despacho del letrado negociador, más largos parecen ser los contratos, por lo que se podría concluir que la “hipertrofia del clausulado” afectaría menos a compañeros de pequeños despachos, e incluso que existe una curiosa relación prestigio-honorarios-longitud del contrato. Tengo que reconocer, en todo caso, que no dispongo de datos objetivos que me permitan a llegar a una conclusión ajustada, y que estoy hablando a partir de apreciaciones personales. También se puede argumentar que los abogados más prestigiosos acostumbran a recibir los encargos más complejos o de superior cuantía, pero también conozco infinidad de buenos letrados que, aunque no pertenecen a grandes bufetes, llevan temas relevantes y demuestran una gran experiencia y capacidad de análisis jurídico, pero no sufren los efectos del sindrome aquí descrito.

Sin perjuicio de todo lo anterior, debemos tener en cuenta que nuestra legislación es suficiente para solucionar la mayoría de conflictos, y se completa con la aplicación de principios generales como el de equilibrio entre las partes, equivalencia de prestaciones, el de conservación del contrato, etc. Redactar un contrato es muy importante, pero un contrato “blindado” no sirve de nada si nos olvidamos del contenido del acuerdo que se quiere disciplinar. Un ejemplo de ello son los convenios matrimoniales: por muchos aspectos que queramos tener previstos, al final el juez resolverá el futuro conflicto utilizando el principio del interés del menor como el más digno de protección.

Dicho de otra manera, cuando me planteo un contrato, lo primero que tengo que pensar es qué necesidades hay que cubrir, los objetivos a conseguir. Lo más trascendente no ha de ser “no olvidarme de nada”, sino que el acuerdo sea el más viable y beneficioso para las partes. Para ello es necesario tener en cuenta, junto a la lógica prevención de cualquier profesional, valores como la confianza, la corresponsabilidad, la empatía, la creación de valor añadido, etc.


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